viernes, 18 de junio de 2010

17 DE JUNIO, DÍA MUNDIAL DE LA LUCHA CONTRA LA DESERTIFICACIÓN Y LA SEQUIA




En 1995 la Asamblea General proclamó el 17 de junio Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía en conmemoración de la aprobación de la Convención de las Naciones Unidas de lucha contra la desertificación el 17 de junio de 1994. En ese momento se invitó a todos los Estados a que dedicaran este Día a sensibilizar a la opinión pública respecto de la necesidad de cooperar en el plano internacional para luchar contra la desertificación y los efectos de la sequía y de aplicar la Convención de Lucha contra la Desertificación.

La Convención es el único instrumento internacionalmente reconocido y legalmente vinculante que afronta el problema de la degradación de tierras en las tierras secas, y disfruta de carácter verdaderamente universal basado en la afiliación de 193 países.

Este año se celebra bajo el lema “MEJORAR LOS SUELOS EN UN LUGAR MEJORA LA VIDA EN TODAS PARTES”, teniendo como objetivo sensibilizar y educar a la Población Mundial acerca de la estrecha relación entre los medios de subsistencia y el bienestar del Ecosistema y la importancia de tener suelos ricos en Biodiversidad. Lo que la población haga con el suelo determina la calidad y cantidad de los alimentos que se consumen y la manera en la que el ecosistema puede servir al ser humano.

Determinados procesos naturales juegan un importante papel en la pérdida de suelo y en la disminución de la biodiversidad. Pero la actividad humana es una amenaza mucho mayor, por ejemplo el uso insostenible del suelo, los incendios forestales, las prácticas inapropiadas de cultivo o pastoreo, la salinización después de largos períodos de riego, la impermeabilización y la compactación del suelo.

La desertificación afecta a más de 110 países y cada año se pierden 6 millones de hectáreas de tierra productiva. Según Ecologistas en Acción en España el 40% del suelo está amenazado por los procesos de desertificación, pero a pesar de ello, el Ministerio de Medio Ambiente ha sido incapaz de detener la desertificación, principal obligación contraída por el Gobierno español tras firmar, en 1996, el Convenio de Lucha contra la Desertificación.

España se encuentra a la cabeza de los países desarrollados afectados por la desertificación. Uno de los principales factores desencadenantes de esta situación es la erosión o pérdida de suelo fértil. El 42% del territorio español, 21 millones de hectáreas, está sometido a procesos de erosión que superan los límites tolerables, (pérdidas de suelo de 12 toneladas por hectárea y año) y el 12%, 6 millones de hectáreas, está sometido a erosión muy severa, con pérdidas de suelo superiores a 50 toneladas por hectárea y año. Para el conjunto del Estado se calcula una pérdida total anual de suelo de 1.156 millones de toneladas. Si se tiene en cuenta que la tasa de formación de suelo varía entre 2 y 12 toneladas por hectárea y año, se reparará en la magnitud del problema. Las zonas más afectadas se encuentran en Andalucía, Castilla-La Mancha, Levante y Murcia.

Entre los principales factores que desencadenan esta situación se encuentran la explotación insostenible de los recursos hídricos, que es causa de graves daños ambientales, incluidos la contaminación química, la salinización y el agotamiento de los acuíferos. Pérdidas de la cubierta vegetal a causa de repetidos incendios forestales. Concentración de la actividad económica en las zonas costeras como resultado del crecimiento urbano, las actividades industriales, el turismo de masas y la agricultura de regadío.

¿Qué es la Desertificación?

La desertificación es un proceso de degradación ecológica en el que el suelo fértil y productivo pierde total o parcialmente el potencial de producción. Esto sucede como resultado de la destrucción de su cubierta vegetal, de la erosión del suelo y de la falta de agua; con frecuencia el ser humano favorece e incrementa este proceso como consecuencia de actividades como el cultivo y el pastoreo excesivos o la deforestación. Según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), el 35% de la superficie de los continentes puede considerarse como áreas desérticas. Dentro de estos territorios sobreviven millones de personas en condiciones de persistente sequía y escasez de alimentos. Se considera que la expansión de estos desiertos se debe a acciones humanas. Cuando el proceso es sin intervención humana, es decir, por causas naturales se lo llama de la desertización.

Países más desertificados

Madagascar: es el país más erosionado del mundo. El 93% del bosque tropical y el 66% de su selva lluviosa han sido talados

África: en países muy poblados y con pocos recursos, como los de la franja subsahariana, se observa un incremento de las zonas desérticas. Naciones que durante siglos habían sostenido sociedades prósperas, se encuentran ahora en el límite de la subsistencia.

España: es el país de la Unión Europea con máximo índice de desertificación.

Italia: es el país con menos desertificación de la Unión Europea.

Argentina: Patagonia Argentina, región sur de su vasto territorio, se halla muy afectada por este fenómeno en su parte central y en menor medida en su parte costera, debido al sobrepastoreo, el aprovechamiento incorrecto de los recursos hídricos y lacustres, y del espacio empleado para la agricultura, así como también influye la explotación petrolera privada con poco control estatal.

La desertificación ocurre en todos los continentes excepto la Antártida y afecta los medios de subsistencia de millones de personas, incluyendo una gran proporción de los pobres en las tierras secas. La desertificación ocurre en las tierras secas de todo el mundo, y sus efectos se experimentan en el nivel local, nacional, regional y mundial. Las tierras secas ocupan el 41% de la superficie terrestre del planeta y son el hogar de más de 2.000 millones de personas—un tercio de la población humana. Las tierras secas incluyen todas las regiones terrestres donde la escasez del agua limita la producción de cosechas, forraje, madera y otros servicios de aprovisionamiento de los ecosistemas. Formalmente, la definición abarca todas las tierras donde el clima se clasifica como subhúmedo seco, semiárido, árido, o hiperárido.

La desertificación es el resultado de una falla de larga data en el logro del equilibrio entre la demanda y el suministro de los servicios de los ecosistemas en las tierras secas. La presión está aumentando sobre los ecosistemas de las tierras secas para la provisión de servicios tales como alimento, forraje, combustible, materiales de construcción y agua para los seres humanos y el ganado, para la irrigación y para el saneamiento. Este aumento se atribuye a una combinación de factores humanos y factores climáticos. Los primeros incluyen factores indirectos como la presión de la población, los factores socioeconómicos y de políticas y fenómenos de la globalización como las distorsiones en los mercados internacionales de alimentos, y factores directos como los patrones y las prácticas de uso de la tierra y los procesos relacionados con el clima. Los factores climáticos de consideración incluyen sequías y la reducción proyectada en la disponibilidad de agua dulce debido al calentamiento global. Mientras que la interacción a escala mundial y regional de estos factores es compleja, es posible entenderla a escala local.

En la región de América Latina y el Caribe se reportan grandes extensiones secas que están en vías de convertirse en desiertos, en países como México, Argentina, Bolivia, Perú y Chile. En la región mesoamericana donde se localiza nuestro país, hay más de 63 millones de hectáreas; cerca del 88% de la tierra restante está amenazada por este fenómeno. Casi ¼ de la superficie total de tierras en el mundo está amenazada por la desertificación y afecta casi al 70 % de la población humana.

La desertificación mengua la productividad de las tierras, generando la migración de numerosos grupos de personas hacia las zonas urbanas, produciendo pobreza e inestabilidad económica y social.
La urbanización acelerada y mal planificada lleva a la pérdida de tierras cultivables, afecta la protección de las cuencas y produce la pérdida de la biodiversidad.

La escasa protección que las naciones dan al ambiente lleva en muchas ocasiones a la adopción de medidas inadecuadas que agudizan el problema. El aprovechamiento excesivo de tierras puede darse en circunstancias económicas precarias, con legislaciones o prácticas territoriales inadecuadas.

La pobreza puede llevar a la gente de las pequeñas comunidades a acabar con los pocos recursos disponibles; las pautas de comercio internacionales pueden llevar también a la explotación excesiva para la exportación, que pronto convierte grandes superficies en zonas áridas, poco productivas.

Las guerras y las revoluciones afectan también de una manera decisiva el uso del suelo, grandes masas de emigrantes abandonan sus lugares de origen y se desplazan a asentamientos irregulares que deterioran el suelo.

Fenómenos como el ‘Niño’, atados a problemas de contaminación y de cambio climático, afectan también las características del suelo.

El avance de los desiertos debe ser un asunto de prioridad internacional. Los gobiernos del mundo debieran empeñarse en frenar el crecimiento de los desiertos y la búsqueda de sistemas de producción sostenible, produciendo el menor deterioro ambiental. Para ello se requiere de una gran inversión. Tan solo en Mesoamérica, se estima que serían necesarios, al menos, 13 000 millones de dólares para restaurar una parte importante de las áreas devastadas.

¿Qué es la sequía?

La sequía es, en realidad un componente normal del clima que ocurre casi todos los años en muchas partes del mundo aunque sea difícil de creer.

Es importante diferenciar entre aridez y sequía, la primera es la característica que define a un clima concreto, el estado permanente de bajas precipitacioenes de algunas áreas de la Tierra (un desierto es una zona árida porque normalmente no llueve nada o casi nada), en cambio una sequía es un estado temporal, fuera de lo que se considera normal para esa zona determinada (puede haber una sequía en el Amazonas, pero eso no quiere decir que sea una zona árida).

Cuando persiste la sequía, las condiciones circundantes empeoran gradualmente y su impacto en la población local se incrementa. La gente tiende a definir la sequía en tres formas principales:

1. Sequía meteorológica

2. Sequía agrícola

3. Sequía hidrológica

La sequía no es sólo una cosa física, ya que no sólo depende de cuánto llueva, sino también de cuánta agua es necesaria para cubrir las necesidades básicas. La presencia de seres humanos hace que los impactos de las sequías sean mucho mayores y las sequías más recientes en el mundo han dejado claro que los humanos somos tremendamente vulnerables a este “riesgo natural”.

La sequía es un grave problema en el Mediterráneo como dijimos en la introducción de esta unidad. Este área alberga una de las mayores tasas de crecimiento de población del mundo y es considerada muchas veces (en convenciones internacionales e instituciones como el Banco Mundial y el Foro Internacional del Agua) como un caso de atención especial debido a lo vulnerable que es frente a problemas de sequía y con el agua en general.

De acuerdo con esto podemos entender por qué algunas zonas son más vulnerables a la sequía que otras (dependiendo del clima de la zona, el tipo de agricultura que exista, cómo se maneja el agua, si está embalsada o no, si hay buenas canalizaciones o no...)

¿Qué medidas pueden contribuir a prevenir la desertificación?

La creación de una “cultura de la prevención” puede llegar muy lejos cuando se trata de proteger a las tierras secas de la desertificación, o de su continuación.

La cultura de la prevención requiere un cambio en las actitudes de los gobiernos y de la población a través de mejores incentivos. La población joven puede desempeñar un papel clave en este proceso. La evidencia de una cantidad cada vez mayor de estudios de caso demuestra que las poblaciones de las tierras secas, actuando sobre la base de una larga experiencia y de una activa innovación, pueden adelantarse a la desertificación mediante la mejora de las prácticas agrícolas e un incremento de la movilidad del pastoreo de una manera sostenible.

El manejo integrado de la tierra y del agua son métodos clave de prevención de la desertificación. Todas las medidas que protegen los suelos contra la erosión, la salinización y otras formas de degradación del suelo de hecho previenen la desertificación. El uso sostenible de la tierra puede hacer frente a actividades humanas tales como el sobrepastoreo, la sobreexplotación de las plantas, apisonamiento de suelos y prácticas no sostenibles de la irrigación que exacerben la vulnerabilidad de las tierras secas.

La protección de la cubierta vegetal puede ser un instrumento importante para prevenir la desertificación. El mantenimiento de la cubierta vegetal para proteger el suelo contra la erosión del viento y del agua es una medida preventiva clave contra la desertificación. La cubierta vegetal correctamente mantenida también previene la pérdida de servicios de los ecosistemas durante los episodios de sequía.

El uso de la tecnología local apropiada es para los habitantes de las tierras secas en riesgo de desertificación una forma clave de trabajar con los procesos de los ecosistemas y no en contra de ellos. La aplicación de una combinación de tecnología tradicional con transferencia selectiva de tecnología aceptable en el nivel local es una manera importante de prevenir la desertificación.

Las comunidades locales pueden prevenir la desertificación y proporcionar un manejo eficaz de los recursos de las tierras secas pero a menudo están limitadas por su capacidad de actuación. Recurriendo a la historia cultural y al conocimiento y experiencia locales, y reforzadas por la ciencia, las comunidades de las tierras secas están en la mejor posición para idear prácticas de prevención de la desertificación.

La desertificación puede ser evitada optando por medios de subsistencia alternativos que no dependen de usos tradicionales de la tierra y son menos exigentes en el uso de la tierra y de los recursos naturales locales, pero que proporcionan un ingreso sostenible. Tales medios de subsistencia incluyen la acuicultura de las tierras secas para la producción de pescado, crustáceos y los compuestos industriales producidos por microalgas, agricultura de invernadero y las actividades relacionadas con el turismo. Estas generan un ingreso relativamente alto por unidad de tierra y agua en algunos lugares.

La desertificación puede también evitarse creando oportunidades económicas en centros urbanos en las tierras secas y en áreas fuera de ellas. Los cambios en el conjunto de los arreglos económicos e institucionales que crean nuevas oportunidades para que las personas se ganen su sustento podrían ayudar a aliviar las presiones actuales subyacentes en los procesos de desertificación. El crecimiento urbano, cuando se lleva a cabo con el adecuado planeamiento y suministro de servicios, infraestructura e instalaciones puede ser un factor fundamental para aliviar las presiones que causan la desertificación de las tierras secas.

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